Pareciera que en la mente del agresor, del que discrimina, hay una falta de identidad con lo más esencialmente reconocible en sí mismo: lo humano y la vida. La discriminación es una cuestión de identidad.
El conocimiento sobre cómo funciona la mente humana se ha desarrollado ampliamente durante la última década a partir del uso de la resonancia magnética funcional. Esta herramienta permite observar cuáles regiones del cerebro se activan, es decir, se utilizan, cuando una persona ve una fotografía, escucha un sonido, lee un enunciado, imagina una escena o toma una decisión.
Lo que sucede en la mente del discriminador ha sido investigado utilizando esta técnica. Un primer estudio lo publicó Elizabeth Phelps en el año 2000, en la Universidad de Nueva York. Encontró que cuando personas “blancas” de Estados Unidos observaban fotografías de personas “negras”, en su cerebro se activaba la amígdala, una pequeña estructura situada en el centro de nuestro cerebro encargada de reaccionar con emociones como el miedo o la ira. La activación de la amígdala era más evidente cuando los blancos que observaban las fotografías mostraban altos niveles de racismo inconsciente, aun cuando conscientemente dijeran no ser racistas.
La activación de la amígdala, sin embargo, disminuía cuando las personas negras de las fotografías eran amigos o conocidos.
La activación de la amígdala, sin embargo, disminuía cuando las personas negras de las fotografías eran amigos o conocidos.
Cuatro
años más tarde, en el 2004, William Cunningham de la Universidad de Yale encontró
algo similar respecto a la amígdala; su activación era más evidente cuando personas
blancas observan fotografías de gente negra durante 30 ms, tiempo en el que no
nos percatamos totalmente de lo que vemos, pero suficiente para provocar una
respuesta cerebral inconsciente frente a la fotografía. Sin embargo, encontró también
que cuando la fotografía se observaba durante más tiempo, 525 ms, la activación
de la amígdala se reducía y, además, se activaba la región prefrontal y la
corteza anterior del cíngulo. Estas dos regiones del cerebro son necesarias
para aprender valores morales y éticos, es decir, lo que consideramos bueno o
malo, correcto o incorrecto, para recordar experiencias pasadas y para decidir
qué hacer frente a una circunstancia. Parte de su función es inhibir o detener
las reacciones de miedo e ira desencadenadas por la amígdala.
Ambos
estudios nos indican que la discriminación se basa, en parte, en una reacción
inconsciente asociada al miedo, es decir, a la emoción más básica para poder
huir, atacar o defendernos de aquello que podría ser una amenaza. Hasta este
punto, pareciera algo natural y útil. Sin embargo, la función de la corteza
prefrontal y de la corteza anterior del cíngulo implicadas en el aprendizaje
moral, nos indica que es posible inhibir o detener la reacción de miedo frente
a una amenaza cuando, por ejemplo, aprendemos que la gente negra no es
amenazante. Dicho de otra forma, si bien temer a las amenazas es natural y útil,
la decisión de discriminar es un aprendizaje social que podemos controlar y
regular.
Estas
bases cerebrales de la discriminación se muestran también en la forma en que
juzgamos a los demás. Nuestras impresiones sobre alguien se basan en una rápida
mirada que damos a su cara, una impresión superficial, pero la impresión puede cambiar
cuando conocemos a la persona y hacemos un juicio más individual. Para probar
esto, Jonathan B. Freeman de la Universidad de Tufts, en 2010, encontró algo
similar a los dos estudios anteriores. La amígdala de las personas se activa
cuando ven a alguien rápidamente y cuando ese alguien pertenece a un grupo
cultural, una etnia o un poblado diferente. Sin embargo, cuando la fotografía
de un desconocido se acompaña de información sobre su ocupación y sus intereses,
se activan regiones de la corteza temporal del cerebro encargadas de la
mentalización, la empatía y la teoría de la mente, es decir, de la habilidad
para suponer lo que otra persona siente y piensa. Estos resultados indican que
cuando conocemos algo de la vida personal de un desconocido, hacemos juicios
más profundos que favorecen relaciones más empáticas. Dicho de otro modo, el
otro deja de verse como amenaza y ya no se ve tan diferente a mí.
Que la
discriminación sea aprendida y que se utilice para “salvaguardar” la vida, la
convierte en un delito sutil difícil de detectar en nuestras respuestas sociales,
hasta que sus manifestaciones se reflejan en rechazos, insultos o agresiones. La
base de la discriminación, el miedo, hace que ignoremos al otro y facilita que
lo agredamos con la firme convicción de estar haciendo lo adecuado. Es posible
inhibir la decisión de discriminar y el miedo y la agresión al otro, si somos
más empáticos en nuestra vida y sociedad y nos identificamos con él o ella.
Saludos, Roberto E. Mercadillo
FB: https://www.facebook.com/Neuronascolectivas?ref=hl
Roberto
Emmanuele Mercadillo Caballero, Realizó sus estudios de
Psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y en la misma
universidad obtuvo los grados de Maestro en Ciencias con especialidad en Neurobiología
y de Doctor en Ciencias Biomédicas.
